Alejandra Pizarnik: Un retrato - César Aira

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Una perfecta coherencia con su personaje exigiría la soledad, o al menos alguna clase de aislamiento; en todo caso, se podría decir, y seguramente se ha dicho, que a pesar de su intensa vida social preservaba un ámbito secreto, inviolable, etc. (Tratándose de ella, los estereotipos brotan naturalmente de la pluma de sus exégetas.) Pero lo cierto es que no hubo nadie menos solitario; su círculo cotidiano, de día y de noche, era el plenum literario de Buenos Aires, en una totalidad, sin excepciones. La socialización fue exhaustiva. Aun los que no figuran en las biografías o testimonios, estaban en su listín. El movimiento actuó en dos direcciones: primero fue la recién llegada tratando de entrar al círculo de la realidad donde estaban los autores de los libros que leía; después, eran ellos, vueltos reales, los que se encaminaban rumbo al círculo donde estaba la recién llegada, a medias real enmascarada en su personaje casi demasiado puntual para ser cierto.